
El estroboscopio fue quizás el símbolo más desprendido de ese imaginario embarrancado sin remedio que una vez llamamos años ochenta. Atrás quedaba la magia de la bola de espejo y su feérica aura disco; al frente se gestaba, en la telúrica de los pliegues culturales, la verdad de una solitaria bombilla de diez vatios reflejada en microtesela negra, funeral y omnipresente marca de registro de la estética de los noventa: trip-hop.
El futuro musical que me gustaría
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