
Sí, soy más bien del tipo neurótico y, como tal, amo el código que en mi se encarna. Escupo, desprecio, azoto, lincho y relincho y me revuelvo en las pasiones tristes; soy un aprendiz de individuo triplemente maledicente. Yo: cuerpo y mente capturados, sujetos, subjetivización personal del código, parásito de un cuerpo. Sí, al fin: ese soy yo, nadie que atienda por CsO habla por mi boca, contesta mi teléfono móvil o responde mi correo electrónico. Mi pensamiento no es sortilegio mágico, una palabra que desliga; mi pensamiento es información codificada: bits, unos y ceros: materia. La rigidez de mis opiniones es proverbial, un proverbio para un solo creyente, para un solo fiel y para un solo devoto: no creo en el Cuerpo sin Órganos. Y este descreimiento no es una bravata, es la imposibilidad de librarme, de liberarme, de desarticularme, de designificarme y de desubjetivizarme. Soy un súper ratón a la inversa, el grado 100 del código. No puedo dejar de vestirme de negro. Soy una tribu urbana de un sólo componente, mi multiplicidad es única, totalitaria. Tercero incluido, soy el cuerpo lleno de marcas de algo exterior, alienígena pero intraterrestre. En mí y de mí yo aúllo que soy un fascista que sintetiza Dios, líder y pueblo en una unicidad vigilante que gravita sobre mi cabeza llena de interferencias temporales estructuradas anualmente. Werewolf. ¿Qué por qué me distancio en la primera persona poética? Porque soy así: distancia, discriminante, criterio, intermedio, sentencia. Mi único vicio es la identidad.